La forja de las manadas

Hace unos meses una amiga me pidió que la acompañara a una cena de fin de curso. Sobra decir que las alegrías de mi familia y mis amistades también son un motivo de alegría para mí. Coincidía que estaba por Madrid, así que las jornadas a las que nos sometemos para ir a determinados eventos fueron menos pesadas.

Después del impacto inicial que produce un edificio como el Casino de Madrid y algunas copas de vino, en el vestíbulo, empecé a notar un ambiente extraño. No creo que fuera por las locas aventuras de mi amiga, que había cansado a la mitad de sus compañeros, razón por la que no le hacían ni caso y tenía hasta el moño a la otra mitad, que directamente parecían odiarla. Seguía notando algo que nos diferenciaba, éramos de las más jóvenes, pero esto tampoco fue lo más llamativo. Los tacones altos, que normalmente suelen incomodarme, pasaron a un segundo lugar. En poco tiempo los cuchillos volaban en forma de miradas directas que si hubieran podido decapitarme a mí o a mi compañera, ahora no estaría redactando esta historia.

Compartimos mesa con tres hombres y sus parejas. Ellos habían sido el grupo de trabajo de mi amiga durante un año, así que supuse que sería con los que mejor se relacionaba… ¡Error!, no sé a quién le provocaba mayor incomodidad mi amiga, si a sus compañeros o a sus acompañantes. Lo único que sé es que durante esa cena se produjo una situación que viene siendo habitual últimamente: encontrarme con seres humanos maravillosos. Esta vez ese ser llevaba como segunda inicial una L., y además de ojazos y pelazo tenía un cerebro tan increíble como sus ideas.

Allí estaba yo, exponiendo de manera educada ciertos pensamientos, calificados por los presentes como “demasiado liberales”. Secundada por mi amiga y por la maravillosa L., que compartió con nosotras su perspectiva sobre el papel actual de las mujeres en el entorno laboral y nos contó la dificultad que le suponía tener dos niñas pequeñas a la hora de la conciliación, o simplemente, lo largo que se le había hecho el día en busca de unos zapatos bonitos y un conjunto que llevar a la cena. También escuché chorradas durante toda la noche, de la forma más educada que pude. Sentí esas miradas escrutadoras que parecía que me pidieran permiso para respirar, andar, reír e incluso hablar. Y comencé a indignarme un poquito debido a las frases en forma de tomahawk que le dedicaba la esposa de uno de los allí presentes a cualquier persona que hiciera un comentario y mirara a los ojos a su marido. Sucedieron algunas cosas más, el hecho es que todo fue un caldo de cultivo, y sí, me vine arriba. El vino y el increíble discurso del director de la escuela tampoco fueron de gran ayuda, ¿para qué engañarnos?

Ustedes pensarán: oye, en un ambiente así sabes lo que te vas a encontrar. Sí, cierto. Lo sabemos todos, determinados ambientes, determinadas personas, llevan implícitas ciertas, ¿cómo decirlo?… ideas.

Pero si me estás leyendo y alguna vez algo te ha provocado tanto coraje, que sentías como la sangre te hervía dentro y empezaba el burbujeo, sabrás que a veces soltar una frase ayuda, estimula, y oye, quizá no cambie el mundo, pero lo a gusto que te quedas cuando lo sueltas es equiparable con pocas cosas.

Digamos que el discurso del que estaba hablando, era un manifiesto en toda regla. Enaltecía el duro trabajo que habían desarrollado los estudiantes del máster, (quien le diría a este señor que unos meses después estos títulos iban a estar en entredicho), y la capacidad adquisitiva a la que tendrían acceso gracias a éste, vamos que poco menos que parecía que les había tocado la lotería a todos. Entrelineas, la importancia de relacionarse con ciertas personas, los contactos que proporcionaba la escuela… Pero el plato fuerte del discurso fue su agradecimiento a la familia que habían creado entre todos. Sí, la que se tiraba cuchillos en el vestíbulo como si nada, esa misma familia. Digamos que no fue el discurso más acertado. No lo digo yo, ojo. Lo decían la mayoría de parejas que recordaban cuántos fines de semana habían estado solas (sí, femenino representa a la mayoría de estas personas, natural para algunos, más de lo mismo para otros), a cargo de las labores de la casa, hijos en común, sin poder hacer planes o con disponibilidad muy limitada etc

A parte de esto, el discurso del director de la escuela, el del profesor que le siguió, el del antiguo alumno que les acompañaba y el discurso del alumno estrella fueron en la misma línea. Al alumno estrella también quisiera dedicarle un saludo desde aquí, F. me fascina la rapidez que tienes para declararte y babear a gusto cuando tu chica está en el baño y volver al estado pre-baño en un pis-pas. Si el máster hubiera sido relacionado con la interpretación lo hubieras bordado.

Al final, deprisa y corriendo, antes del postre y de las fotos, la delegada de la clase quiso decir unas palabras. Nadie la animó, ni la tuvo en cuenta. Era muy tarde para hablar, al parecer. La expectación que se produjo cuando el director hablaba, solo rota por alguna risa irreprimible y sus consecuentes miradas de desaprobación -rubia, eres un sol, pero tu marido es un opresor- contrastó con la falta de atención que producía la delegada. La calidad humana a la que apelaba no iba dentro del título ni del duro esfuerzo –dinero– que había costado el máster.

Desde este pequeño y modesto espacio, que nada tiene que ver con la escuela que diriges, me encantaría agradecerte que te acercaras, de aquel modo, a nosotras cuando los alumnos estaban reunidos en otra parte de la sala. Aún hoy me cuesta digerir nuestra conversación para transformarla en algo positivo. No sé qué me repugnó más, tu discurso o tu mirada. Pero se lo que me encantó: tu gesto. Estabas aterrado cuando descubriste que además de mirarte podía hablarte y preguntarte cositas. Por ejemplo por qué en tu discurso no había ni rastro de la igualdad en el ámbito laboral.

Digamos, para resumir, que en opinión del director de una de las principales escuelas de negocios de España, hablar de feminismo es una chorrada. Sí, CHORRADA. Lo dijo mirando hacia un lado, buscando algún cómplice que lo apoyara. Él cree que nombrar a las mujeres es darle importancia a un tema que, no se da en su escuela. Y que él no ve en la sociedad. Esto lo afirmó un señor que cenó en su mesa solo con hombres, que invitó a compartir palabras solo a hombres, y que vio, igual que todos los presentes, quien se llevaba el protagonismo de la foto de final de máster por mayoría apabullante.

Sin embargo, lo más peculiar de todo fue su reacción, cuando le comenté a lo que me dedicaba y rebatí sus afirmaciones con datos y hechos probados. Me explicó que había colaborado en proyectos de ayuda en la ONCE, y que obviamente citar a personas de esta organización no le parecía que procediera, porque le daba más importancia al tema, lo mismo con las mujeres. Juzguen ustedes mismos. A continuación afirmó que el índice de sus alumnos hombre y mujeres era casi igual, a lo que tuvo que cerrar la boca e intentar disimular cuando le invité a ver a sus alumnos reunidos.

No eres el único bocazas al que he conocido, pero si el primero al que tengo el valor de rebatirle con mucha educación y sin miedo. Quizás sea la facultad que te regala la experiencia y los datos contrastados. La resistencia que formamos se vio en cuestión de segundos apoyada, por unos pocos valientes a los que les burbujeaba tanto la sangre como a mí, como a mi amiga y por supuesto como a ti rubia.

Para mi sorpresa muchos de los asistentes comenzaron a mirarnos con bastante asco, así, literalmente. Es impresionante la carga emotiva del lenguaje dependiendo de quien lo pronuncie. Puedes mirar a una mujer joven como si fuera un trozo de carne fresca y tú un carroñero, puedes acercarte a ella a exponer ideas que se quedan en humo aún con aquel alarde de poder. Puedes defender cualquier cosa que vaya en contra del sentido común y en un arranque de chulería reírte cuando te rebaten. Puedes incluso buscar cómplices. Nadie dirá nada. Parecerá totalmente normal, es más, te lamerán el culo como vasallos. Pero, si decides con educación decir por aquí no. Si plantas cara con argumentos y sobre todo, si te atreves a nombrar la palabra feminismo, igualdad o dignidad, entre otras, y eres la chica joven, la que cree en estupideces que “no hace falta nombrar”, si eres ésta, te invitarán a que te vayas. Educadamente, por supuesto.

No me echaron, al menos con palabras. Quisiera darles las gracias desde aquí también por el trayecto en taxi que me ahorraron, bajé mi marca aquella noche de vuelta a casa. Antes del maratón anti estrés, al quitarme los tacones, el alivio se vio acompañado de frases del estilo: “¡guau, que bajita sin tacones!”, “eres tan pequeñilla y poniendo nervioso al personal” “¿Pero qué le has dicho al director?” “¡Estaba todo el mundo mirándote!” “Es que claro, vienes tan guapa, llamas tanto la atención…”

Casi caigo, de verdad, casi me hacen sentir responsable. Por suerte, ese no es mi ambiente, y las redes a mí alrededor además de apoyarme, me soportan. De hecho los mensajes de WhatsApp a veces no dan abasto para contar la repugnancia que me provocan en ocasiones estos entornos. Esta realidad es parte de nuestra sociedad, una realidad donde la gente con poder ignora situaciones de desigualdad que generan problemas mayores. No es una casualidad que hoy haya decidido contar esta cena, que por otra parte ha sido de las cosas más suaves que he visto y vivido en lo que se refiere al problema del machismo y la sociedad patriarcal. Estos gestos son la cuna de las desgracias que vemos y soportamos a diario.

Felicidades amiga por tu título, con el que soñaste desde hacía tanto tiempo, y que curiosamente hoy está tan en entredicho. Gracias rubia, en cualquier lugar en este viaje me voy encontrando personas que si merecen la alegría. Si me lees, por favor recuerda: que nadie te merezca la pena.

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6 comentarios sobre “La forja de las manadas

    1. ¡Muchas gracias Úrsula!
      El nomadeo a veces no me permite scribir por aquí todo lo que quisiera, pero me he propuesto ser más constante.
      Y si es para compartir algo así un día como hoy, mejor que mejor.
      Un abrazo enorme, nos leemos por aquí 😊

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  1. ¡Qué gran post en tu pequeño gran espacio! Da gusto encontrarse con blogs como este, en que plasmas lo que plasmas y en la forma que lo haces. No imaginas cuanto me acuerdo de esos momentos que tu describes, en mi… momentos que, por diferentes motivos, me encontraba con actitudes que tu describes perfectamente. Bravo, mi absoluto respeto!!

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    1. Yo también encontré por casualidad tu blog y me llamo la atención de una forma especial. Es triste encontrarse tantas veces a lo largo de la vida en medio de estas situaciones, y peor aún, estar tan “anestesiados”, acostumbrado, como queramos llamarlo, que la mitad de las veces no es ni si quiera algo que chirríe… Pero cuando uno despierta no hay vuelta atrás (espero)
      Gracias por tu comentario, me ha llegado en el mejor momento, nos leemos 🙂

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