Las instrucciones del éxito y tu cuaderno vacío.

En medio de toda la vorágine de la mudanza encontré uno de sus cuadernos, abandonado como quien deja atrás un trasto viejo, hallado como quien encuentra el mayor de los tesoros. Dudé unos segundos, quería leerlo, siempre me costó respetar nuestro pacto de no contarnos prácticamente nada, entender sus ganas de escribir nuestra aventura a medias y camuflada, que me tratara como a una desconocida a la que, sin remordimientos, tiraría a la hoguera de banalidades. Al cabo de un rato pensé que nadie mejor que él podría comprender cómo en ocasiones el ansia egoísta vence al respeto, así que unas cien páginas sobre alguien tan hermético comenzaron a parecerme una tentación ineludible.

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Es curioso cómo hace unos años la idea de leer ese cuaderno me hubiera parecido un sueño hecho realidad, y en aquel momento, a punto de continuar el viaje, me aterraba mirar al pasado desde sus ojos. Era tan celoso de su intimidad que pensé en dejar el cuaderno en cualquiera de los lugares que frecuentaba, pero quizás quien lo encontrara también me reconocería. Podría cruzar media ciudad, antes de irme para siempre y devolvérselo, seguramente seguiría en aquella ratonera mugrienta, en la que invirtió todo nuestro dinero solo porque estaba en pleno centro, cerca de sus caprichos. Deseché la idea, no me apetecía devolverle algo tan íntimo a cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían haciendo por días o meses de la ratonera un improvisado hogar. Seguramente podría haberlo tirado a la basura, y en un acto de fe confiar en mi fortaleza, pues él jamás pensaba en mi, y yo debía hacer lo mismo.

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Todo lo que componía y expresaba se resumía en su manido “don de fluir” como filosofía de vida, el mismo don que él ansiaba y jamás encontraba. Su obra era un constante alegato vitalista sobre la facilidad de nuestra generación para vivir improvisando, habiendo desarrollado la capacidad de sobreponernos a las adversidades, aunque normalmente todo en su vida estaba más que estudiado, asegurado, preparado y publicitado. Cuando se disfrazaba de seguridad solía fascinar a todos con esa búsqueda constante de la belleza y el mar, que a decir verdad era mía, o con sus ganas de explorar emprendiendo, otra sutil mentira. Nadie parecía haber visto su falsa humildad y sus extravagantes manías, sus manos temblando cuando aparecía una mujer segura, la frialdad que escondía detrás de enormes sonrisas, la tiranía que le aportaba la buena vida o los trazos de oscuridad mezclados en cada uno de sus sonetos.

DEBOD

Todos hemos soñado alguna vez con lo inalcanzable, no sabría explicar por qué la idea de tenerlo como compañero de viaje me resultaba por momentos tan excitante y soberbia como irreal. Así que mientras yo soñaba con bailar con él, él soñaba con bailar consigo mismo. Una tarde fría como la de hoy escogió permanecer en su circo, hoy hago la maleta y me voy, su cuaderno se queda en esta casa vieja, casi en ruinas, por si acaso en algún momento necesita la ruta de los atardeceres, por si algún día recuerda quién fue antes del éxito y sus miles de historias vacías.

 

 

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