LA NIETA DE ELENA

Nunca era un buen momento para escapar. La noche buena de 1986, con la familia al completo engalanada como de costumbre, para algunos una cena más y para otros “una cena especial”, mi hermana Leticia me robó el momento.

1- El pueblo

Anunciaba que estaba de nuevo embarazada, hubiera sido la mejor de las noticias, si no fuera porque cumplía 19 años al mes siguiente, ya tenía un par de hijos que no conocían a sus padres, no había querido estudiar, odiaba trabajar y su única motivación era estar de fiesta en fiesta con el dinero que le robaba a mi madre. Así que mi padre puso esa cara de aguante a punto del estallido, trataba de respirar pero cada vez estaba más colorado. Dio un golpe seco en la mesa con el puño cerrado, se levantó y desapareció. Con el tiempo sabríamos que donde más sintió el golpe no fue en la mano. Su corazón, que ya venía defectuoso debido a la caprichosa genética, había soportado demasiados impactos en forma de ansiedades y nervios, especialmente en esa última época. Mi madre se refugió como pudo en sus hermanas sin parar de llorar. Las pocas palabras que le salían eran ahogadas por lágrimas de desesperación… Maldecía todas las oportunidades que nos habían dado y de las que ellos no habían podido gozar. Siempre estuvimos seguros que de no haber sido la abnegada ama de casa que era, hubiera tenido un futuro prometedor como actriz.

 

 

La semana siguiente todos esperábamos la llegada de un nuevo año, parecía que la familia estaba más tranquila, y sin embargo, se respiraba una calma extrañamente tensa. Don Paco, así conocían en el pueblo a mi padre, era un hombre hecho a sí mismo y respetado por todos, que había salido de La Gomera con la idea de prosperar y buscar a Elvira, mi madre. Tenía nueve hermanos, de los cuales cinco habían fallecido. Huérfano de padre, y con los recursos mínimos decidió salir hacia Venezuela, aunque la vida le llevaría a establecerse en un pueblo de Gran Canaria. Se dedicaba a sus tierras y a su familia. Aquellas semanas había estado especialmente inquieto, fumando más de lo habitual, siempre estaba nervioso, trabajaba más que nunca y tenía un cansancio continuo que por momentos se traducía en unas ojeras negras casi cadavéricas, anunciadoras de un desenlace fatal. El que era un hombre de valores correctos e inquebrantables, con una fe católica por bandera que no le permitía ningún tipo de libertinaje, no podía aceptar, que su hija se dedicara a juntarse con gandules que en cuanto tenían que asumir responsabilidades desaparecían, o al menos nosotros pensábamos que eso era lo que le robaba el sueño.

 

2- El MercadoEl sábado, después de las típicas compras en el mercado, para la cena de noche vieja, reunión ineludible con las familias vecinas del pueblo, nos fuimos al bar de la esquina. Una señora bastante más joven y guapa que mí madre, realmente despampanante, que llevaba un elegante vestido amarillo y maquillada cual actriz de Hollywood,  con un niño pequeño en brazos, se acercó a donde estábamos casi toda la familia. Mi padre que llevaba un buen rato sudando a mares, se desvaneció. No llegué a fijarme en nada en concreto, o quizás mi mente lo ha querido olvidar. De aquel día solo recuerdo el quejido rotundo, seco, entrecortado que mi padre emitió llevándose una mano al pecho, pero no su cara. Recuerdo escuchar ese grito de angustioso dolor mientras reconocía los rasgos de mis hermanos mayores en el bebé que llevaba cogido aquella señora.

Lo que podría haber sido la mayor crisis familiar se vio eclipsada por la muerte del protagonista. Pocas veces más se volvió a hablar de este episodio, así, a parte del cuerpo de mi padre, en el ataúd también enterramos su doble moral, sus dos familias, sus falsos valores estrictos y hábitos cristianos creídos por todos. Es curioso como algunas familias tienen la extraña costumbre de guardar e ignorar el sufrimiento en lo más profundo, llevándolo como cada uno puede, llegando a fingir que nunca ha sucedido, con la esperanza de que se evapore. Lo que ignorábamos era que tarde o temprano llega el momento de enfrentar ciertos fantasmas, guardar el dolor es una forma de parecer fuerte por fuera, mientras uno se va consumiendo por dentro. Por expreso deseo de Don Paco, llevamos sus cenizas a la isla en la que nació, y los días en su pueblo, Hermigua, seguían siendo idénticos y eternos, un estado extraño en el que el tiempo parecía no avanzar.

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La inmaculada casa de la abuela Elenita, reconocible desde el puerto por su impresionante balcón canario enmarcado por dos grandes palmeras, en la isla colombina, era ese hogar al que siempre queríamos volver, aunque el viaje desde Gran Canaria pareciera la vuelta al mundo. Allí habíamos pasado las épocas más bonitas de nuestra infancia, conviviendo y respetando la naturaleza. Crecimos entre taparuchas e historias guanches en nuestras caminatas por el Garajonay, mis primos pensaron que serían los más valientes por probar los higos del diablo, aunque Antoñito, el más mayor, se quedó en una alucinación casi permanente.

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A veces la abuela nos llevaba a la Casa de su amiga María a disfrutar del atardecer, podíamos sentir la sensación casi mágica de dejar atrás la civilización, de estar viviendo al margen del tiempo, parecía que el mundo se paraba para permitirnos contemplar el cielo rosado, respirar el aire puro, con todos los sentidos en una dulce alerta por los tambores hippies y el cuerpo lleno de humedad y salitre del mar. Había quien en el horizonte encontraba refugio, y luego estaba mi hermano Fran, que anclado en una paranoia recurrente desde la infancia, dedicó media vida a buscar la isla errante. Supongo que fue así como empecé a amar la música, que me transportaba a otro mundo completamente distinto del familiar, un mundo tranquilo pero con ritmo, sin secretos extraños, sin límites ni prohibiciones por el qué dirán. Había empezado a tocar la guitarra a los trece años y ese invierno en La Gomera con dieciséis la vocación se traducía en un puño cerrado en la boca del estómago que únicamente se abría cuando estaba en el escenario. El bar de la esquina, frecuentado por músicos, cantautores y poetas, tenía la atmósfera adecuada para sumergirme en otro tipo de caos que sí me hacía feliz, era la única razón por la que deseaba pasar los días en una sociedad tan aislada.

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Nuestra abuela, había cumplido 85 años unos meses antes y seguía con la fortaleza que la caracterizaba, aquellos pequeños ojos azules habían llorado demasiado,  y sus manos tan arrugadas como robustas habían trabajado de sol a sol buscando oportunidades sin perder la magia que a veces le permitían  transformar obras artesanas en arte. Incluso en las ocasiones en las que la desgracia nos visitaba se mostraba serena e intentaba aceptar lo que, como ella decía, traía el destino.

Sin embargo, al igual que la casa familiar, los tres hermanos de mi padre que aún vivían, aparentando normalidad y bienestar, estaban en la decadencia más absoluta. Mi tío Arturo, el hermano menor, se había bebido la mitad de la fortuna familiar. Al parecer su matrimonio perfecto y su pulcritud ejemplar se acabaron la noche en la que descubrió que su mujer se había cansado de la rutina asfixiante en la que vivían. Un buen día hizo las maletas y volvió a La Laguna, donde ya la esperaba el amor de juventud con los brazos abiertos. Arturo, que siempre fue un hombre generoso, compartió el dolor. Así que cualquier borracho era un buen compañero de confesiones nocturnas, poco a poco el grupo creció, y así fue como se bebieron gran parte de la fortuna de la vieja Elena.

 

IMG_5726.JPGMi tío Sebastián había entrado en la comunidad del amor libre de Mühl y se dedicaba a vivir desnudo dándose baños en El Cabrito en medio de una secta a la que nadie más tenía acceso. La abuela había bajado varias veces al sur de la isla con la esperanza de verlo y saber que estaba bien, pero no había forma de penetrar en la organización. Una vez al mes deleitaban al pueblo gomero con extrañas y sangrientas performances que provocaban en la abuela días y días de pesadillas.

Mi tío Juan era la persona más extraña de toda la familia. Desde que llegamos a la isla encontramos su comportamiento peculiar, no solo por su extravagante apariencia. Algunas veces me preguntaba algo banal por cruzar algunas palabras y repetía las mismas preguntas como quien espera una contestación diferente. Por las noches simplemente desaparecía. Cuando mi ansiedad, por alejarme de aquella familia y sus relaciones dañinas, era tan fuerte que necesitaba refugiarme en el puerto, acompañada únicamente del sonido del mar y mi guitarra, solía sentirme observada, y  aunque no pudiera verlo, sabía perfectamente quien me estaba mirando. No había un alfiler que se moviera en la isla sin que Juan se enterara. Vivía apostado tras el balcón de la bella casa de Elenita, no solían verle asomado ni por las calles, pero todos sabíamos que sus ojos siempre estaban expectantes detrás de aquellos gruesos muros. Juan, que odiaba a mi padre y a cualquiera que tuviera un vínculo con él, nos vigilaba sin excepción a la espera del mínimo fallo. La guerra sin cuartel y sin razones duraba ya tantos años que nadie se sorprendía, y en esa situación normalizada era común escuchar a mi abuela soltando algún bufido si la cosa se salía mucho de madre, ante lo cual él se daba media vuelta y desaparecía.

Juan fue el primero que supo que mi hermano Chago era uno más en el selecto club del tío Arturo, y que muchas noches desde que habíamos llegado dormía en la casa de la hija del panadero. Supo antes que nadie los extraños negocios en los que andaban sus hermanos que luego habían fallecido, incluso, desde La Gomera llevaba un estricto control de la doble vida de mi padre. Habitualmente retransmitía sus averiguaciones a media isla, pero Don Paco, que era tenido en alta estima como un hombre de bien, seguramente provocaba las envidias de su hermano, y así Juan empezó a parecer un ermitaño loco, cuando simplemente era una persona que no podía vivir en una sociedad cruel y cerrada, y buscaba una vía para llamar la atención provocando la indiferencia de todos.

El atardecerUna tarde, en uno de los atardeceres más bonitos que recuerdo de La Gomera, conocí a la dueña del bar que se había convertido en mi refugio. Maru había viajado por todo el mundo tocando la guitarra y había decidido parar en la isla un tiempo, según decía, para aclarar ideas. Me desahogué de esa extraña forma en la que uno habla con un desconocido, sin miedo a que le juzguen, sin miedo al rechazo o a que se divulgue el secreto. Era un estallido de impotencia, de todas las  ansiedades guardadas años tras años y de la opresión indirecta a la que me sometía mi familia.  Ella, que era una nómada por naturaleza, que había crecido viajando alrededor del mundo, comprendía lo duro y difícil que puede resultar vivir en sociedades tan pequeñas e impenetrables,  y defendía la importancia de tomar el camino que uno quisiera en la vida, por muy incierto que pareciera. Y así fue como sentí la llamada para romper todas mis cadenas, supongo que así fue como la música me salvó.

Mi tío Juan, que continuaba apostado tras su particular muralla, seguía sin dar tregua alguna a la intimidad, me sorprendió saliendo de casa de la abuela a hurtadillas para ir a tocar al bar de Maru.

Sentados  todos en el salón de la casa me sometieron a un  duro interrogatorio, pensaban que me escapaba para ver a algún novio del pueblo. Yo tenía ese tipo de nervio que me salía por las palmas de las manos en forma de sudor. Y en un arranque de valor anuncié que me marchaba a Barcelona. No podía más con la estresante vida familiar que me invitaba siempre a las mismas ideas, a las mismas calles sin salidas llenas de secretos, prejuicios y obligaciones. Una vida que, en definitiva, no me permitía crecer.

Han pasado más de treinta años desde el inicio de mi carrera, los comienzos fueron los más duros, estar lejos de casa, de la familia y los amigos, empezar de cero, saber que solo yo misma podía salvarme. He disfrutado de una profesión como pocas, que me ha llevado a un estilo de vida nómada y me ha permitido conocer tantos lugares, tantas personas diferentes, ese tipo de multiculturalidad que te enriquece. He sufrido situaciones totalmente injustas a la vez que tenía miedo de la inestabilidad, compañera inseparable en mi camino. Pero jamás he tenido intenciones de volver a La Gomera, ni a establecerme de forma definitiva cerca del núcleo familiar, que generación tras generación ha conservado los viejos defectos.

La abuela Elenita al morir me dejó la mejor herencia que hubiera imaginado, un cuaderno lleno de canciones compuestas por ella misma cuando era joven. Casualidad o no, en la última estrofa decía:

caballo

Este pueblo no es quien soy, esta gente vive con cadenas.

Una vez fui mujer fuerte,

Mujer valiente con mariposas en las piernas.

 

Una vez mujer con alas,

Que quería escapar, mujer que sólo quería volar.

Esa mujer nunca pudo,

                                                        Ahora sé que tu sí podrás.

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