GRITANDO LIBERTAD

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He tardado mucho tiempo en comprender y aceptar, o mejor dicho, comprenderme y aceptarme. He maltratado mi cuerpo de muchas formas y he amordazado mi voz interior con facilidad cada vez que surgía una controversia, sin que ello me supusiera algún problema, aparentemente. Lo peor es que sólo lo hacía por entrar en determinados cánones impuestos. Me he tratado con indiferencia, cada vez que quería algo y no me establecía como prioridad, porque no era capaz de reaccionar o porque tenía miedo a quedarme sola. Me he criticado porque mi cuerpo no cumplía con ciertas expectativas, odiando lo que consideraba imperfecciones. A veces con repugnancia, cuando no comprendía que mis necesidades corporales o espirituales lejos de ser tabúes, eran mi expresión más natural. He llorado con amargura cuando no llegaba jamás a ciertas metas impuestas. Incluso a veces me he mirado al espejo con pudor y hasta asco, por ser libre, simplemente. Cuando pasaba por todos estos estados llegaba siempre a la misma parte del círculo, la frustración. Ahí habían dos caminos, el fácil y el oculto, pero por alguna razón siempre escogía el conocido. Aunque sabía que era el que no me permitía crecer, y con todos los conflictos interiores que esto me suponía, estaba felizmente anestesiada, aún dormía.

No sé si decir que he tardado treinta años sería del todo cierto, porque sé que en algún momento de mi vida me aceptaba, no entendía si era o no pájaro, pero ya volaba. Era ese momento al que mis familiares lejanos se refieren cuando hablan de mi infancia y lo mezclan con la rebeldía de la niña que siempre hacía las cosas “mal”, a la que todos temían porque de un momento a otro desobedecía y si no quería entrar en las reglas socialmente marcadas, no entraba. Ahora que lo pienso, ¡menudo desperdicio!, que tan pocos adultos sean capaces de reconocer en esos rasgos el valor de ser un rebelde en caminos de ovejas, que nadie quisiera ni pudiera comprender el tesoro que posee aquel que es creativo y la necesidad no solo de proteger si no de fomentar esta magia. Es muy común enseñar a los más pequeños los caminos recorridos, para luego no permitirles ver qué hay más allá.

Hasta hace poco tiempo, cuando nos reuníamos en familia, siempre se recordaba la misma anécdota. Una vez fuimos a una fiesta y con 9 años decidí no ponerme bragas. Se ve que me molestaban o quizá ese día decidí que no las necesitaba. El hecho es que no quería ponérmelas y no me las puse. Eso sí, elegí mi vestido favorito, me encantaba, era corto e ideal para levantarse con facilidad en cuanto soplara un poco de viento. Fuimos al baile y, sabiendo que era una niña con escasos referentes maternos, ninguno de estos familiares me prestó atención, al menos no en detenimiento. Me dejaron vestirme como quise y cuando llegué al lugar bailé y disfruté. Supongo que era una situación vergonzosa en el mundo de los adultos, que en mi caso se podía justificar por la poca edad y en otros por la “enajenación”. Prueba de ello es la cantidad de veces que lo han repetido como algo fuera de lo normal o aceptado, de lo que ellos entienden por  correcto. Pero, ¿no es maravilloso?, antes de recibir todas las manipulaciones que me condicionarían después, de la sociedad, familia o cultura, mi esencia era completamente libre.

 

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El otro día leí un texto de una mujer valiente, en el que contaba lo mucho que le incomoda el sujetador y recordé que en esta edad temprana, aún no sabía qué era una respuesta feminista, y ni si quiera imaginaba que por imposición social habría que adaptarse a ciertas normas. Así que por primera vez recordé aquel momento de dulce inocencia como el origen, el canto a la vida en el que se aprende a des-cubrir para crecer. Es tan maravilloso ese punto de partida porque antes de conocer lo sublime y lo miserable ya decidía con naturalidad instintiva, dejando de lado lo que me incomodaba, para no encorsetar o dañar el cuerpo o el alma. Así que por primera vez he recordado esta anécdota con el valor que ahora comprendo que tiene. Lo he imaginado como un grito de libertad y he sentido el coraje que da el orgullo, empoderada o no, he reído a carcajadas. Soy consciente de que ya no será la anécdota estrella que contar en las reuniones pasivo-agresivas familiares.

Me he pasado media vida relacionándome con los demás a veces por obligación, otras no, y apreciando las cualidades que tenían, he sido capaz de ver belleza en cualquier rincón, pero por el motivo que fuera me resultaba complicado verla en mi, mirar en mi interior, hasta ahora. Me han juzgado por mi físico, por mi carácter, por mi forma de vestir, de expresarme o de ser y hasta por mi marcado acento. He escuchado lo guapa que parecía para notar algún comentario desagradable si no quería hablar, incluso reacciones de sorpresa si de repente surgía una conversación interesante, supongo que la simpatía o ciertas ideas están reñidas con la inteligencia en nuestra sociedad, sobre todo si eres mujer.

Estoy viviendo más de dos y tres tipos de realidades diferentes en cortos espacios de tiempo, y veo casi a diario, la pobreza más agónica paseando de la mano con la multiculturalidad más enriquecedora, así de bella y cruel me está pareciendo en ocasiones la vida. He amanecido en un lugar con bastantes oportunidades, sobretodo económicas, para ver atardecer en otro con muchas menos, pero con el encanto simple e inigualable de la naturaleza, rozando lo poético. En todos estos lugares voy coincidiendo con bellas personas muy diferentes. Por desgracia, muchas tienen una forma parecida de ver el mundo, a pesar de todo lo que las hace ricas en sus peculiaridades, pues obedecen. De todas estas personas, muchas mujeres, en algún momento de sus vidas no se han comprendido, no se han aceptado y no se han querido por ejemplos muy parecidos a los que he mencionado antes, ¿a ti te ha pasado?. Ésta es una constante realidad de las sociedades avanzadas, tan estúpidas cuando se trata de lo esencial.

 

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Como consecuencia de no invertir tiempo y recursos para educar en igualdad, y fomentar la inteligencia emocional desde la cuna, vivimos en el letargo. Muchas mujeres siguen de una forma u otra amordazadas, heridas, victimizadas y criminalizadas, cuando rompen con el estereotipo fijado. Encorsetadas y reprimidas para salvaguardar falsas estimas, criticadas y abandonadas si deciden vivir en rebeldía. Detestadas, si no se quedan hasta el hastío, o repudiadas, por gritar con dolor cuando quieren humillarlas, ancladas y tristes si deciden no moverse y quedarse a vivir donde no las quieren, donde hasta lo sano duele. Solitarias, porque cuando consiguen dar el paso y su vida se torna en una fiesta, les resulta complicado encontrar compañeros o compañeras que bailen. Algunas fingen que todo va bien cuando se mueren cada día un poquito más por dentro. Pasan por sentirse extrañas e incluso culpables y egoístas, cuando hacen lo que les apetece sin preocuparse por nada. Somos brujas si desarrollamos nuestra intuición y reconocemos historias largas en los segundos que pueda durar una mirada.

Ayer llegué a un pueblo bastante alejado. He conocido a una comunidad en la que viven muchas mujeres, fuertes, algunas nómadas, valientes y supervivientes. Mientras me sentaba a observar cómo se organizaban he reconocido a las que ya pasaron por el frío de la noche, las que volvieron de la oscuridad y parecen haber renacido decididas, revolucionarias, sin tapujos ni engaños, con miedos reconocidos y ese brillo que eclipsa en la mirada. Basta de estigmatizarnos si decidimos romper con las cadenas, muchas de nosotras jamás quisimos ser princesas, y está bien, no hay problemas ni traumas con eso. Muchas vivimos en constante aprendizaje, somos conscientes de lo fuertes que nos hace aceptarnos, responsabilizarnos y querer salir de ese tipo de estructuras totalmente embrutecidas. En un reconocimiento decente, optamos por alejarnos de la vida desgraciada, de escuchar cómo nos llaman putas o zorras por no querer permanecer en las emociones reprimidas, esclavizadas y con el hilo de la rabia como nexo que nos una.

La fundadora de la casa para mujeres de este pueblo tiene una sabiduría extraña, ¿viajera?, ¿alma vieja?, de corazón noble que habla a través de las acciones, me quiere enseñar a tejer con paja, y en un momento de confianza me he atrevido a preguntarle por la magia. Hasta aquí han llegado tus pócimas D.Testal, gracias, llegaron justo cuando me iba. Intento quedarme, para estar en todas partes, pero aún siento el hambre de quien necesita moverse, aprender y buscar. La señora me cuenta el mejor consejo que da al resto de mujeres de su familia: no dar consejos. Todo de lo que se nutre, todo lo que crea y lo que supera se basa en un solo ingrediente. Con el amor transforma, y es ahí donde reside toda su magia.

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MARINERO Y CORONEL

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Es la sed que lleva dentro,

es la magia que puedes por instantes apreciar,

para no poseerla jamás.

Son las emociones que no quiere sentir, las que encuentra aquí,

el bello de punta, la boca seca, el nudo en la garganta, el corazón desbocado.

Vivo por unos segundos, para luego volver a morir.

Emocionarse, constante prohibición para sus oscuros ojos llenos de secretos,

pequeño barco a la deriva, velas enormes, que no penetre la luz,

la indiferencia como careta,

la espada oculta como método de defensa,

y alerta, ¡siempre alerta!.

 

Se mueve para no seguir buscando lo que ha encontrado ya,

no querría averiguar qué hay detrás.

Nunca halló lugar donde parar, y eso que siempre necesitó descansar.

Y ¡maldita sea! otra vez ha acabado buscándola tras los ojos más tristes de cada bar.

 

Decide irse despacio, cada día un poco más.

A cualquier lugar donde pueda ser tierra, aire y mar

olor a pinos, sentir la tierra al andar.

Cualquier flor que por un rato pueda admirar.

Acabará cayendo en el triste olvido, así, sin más.

No tiene nada que ofrecer,

oscuro corazón esculpido por historias de cualquier lugar,

las mismas que le hacen pensar que está de vuelta de todo

y nada le sorprenderá ya.

 

Historias que le hacen buscar la belleza en el atardecer,

así que guarda viejas riquezas y glorias en un viejo papel.

Marinero que únicamente navegó cerca de sus marcas marinas,

¿para conservarlas en forma de recuerdos?,

por no retener, no poseer o sabotear almas o cuerpos.

Terminó convirtiendo cielos en infiernos,

pasó de jugar a vivir en el mundo de los muertos.

Marinero de alma vieja y cruel,

si fuera por tus batallas ya serías coronel.

 

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LA NIETA DE ELENA

Nunca era un buen momento para escapar. La noche buena de 1986, con la familia al completo engalanada como de costumbre, para algunos una cena más y para otros “una cena especial”, mi hermana Leticia me robó el momento.

1- El pueblo

Anunciaba que estaba de nuevo embarazada, hubiera sido la mejor de las noticias, si no fuera porque cumplía 19 años al mes siguiente, ya tenía un par de hijos que no conocían a sus padres, no había querido estudiar, odiaba trabajar y su única motivación era estar de fiesta en fiesta con el dinero que le robaba a mi madre. Así que mi padre puso esa cara de aguante a punto del estallido, trataba de respirar pero cada vez estaba más colorado. Dio un golpe seco en la mesa con el puño cerrado, se levantó y desapareció. Con el tiempo sabríamos que donde más sintió el golpe no fue en la mano. Su corazón, que ya venía defectuoso debido a la caprichosa genética, había soportado demasiados impactos en forma de ansiedades y nervios, especialmente en esa última época. Mi madre se refugió como pudo en sus hermanas sin parar de llorar. Las pocas palabras que le salían eran ahogadas por lágrimas de desesperación… Maldecía todas las oportunidades que nos habían dado y de las que ellos no habían podido gozar. Siempre estuvimos seguros que de no haber sido la abnegada ama de casa que era, hubiera tenido un futuro prometedor como actriz.

 

 

La semana siguiente todos esperábamos la llegada de un nuevo año, parecía que la familia estaba más tranquila, y sin embargo, se respiraba una calma extrañamente tensa. Don Paco, así conocían en el pueblo a mi padre, era un hombre hecho a sí mismo y respetado por todos, que había salido de La Gomera con la idea de prosperar y buscar a Elvira, mi madre. Tenía nueve hermanos, de los cuales cinco habían fallecido. Huérfano de padre, y con los recursos mínimos decidió salir hacia Venezuela, aunque la vida le llevaría a establecerse en un pueblo de Gran Canaria. Se dedicaba a sus tierras y a su familia. Aquellas semanas había estado especialmente inquieto, fumando más de lo habitual, siempre estaba nervioso, trabajaba más que nunca y tenía un cansancio continuo que por momentos se traducía en unas ojeras negras casi cadavéricas, anunciadoras de un desenlace fatal. El que era un hombre de valores correctos e inquebrantables, con una fe católica por bandera que no le permitía ningún tipo de libertinaje, no podía aceptar, que su hija se dedicara a juntarse con gandules que en cuanto tenían que asumir responsabilidades desaparecían, o al menos nosotros pensábamos que eso era lo que le robaba el sueño.

 

2- El MercadoEl sábado, después de las típicas compras en el mercado, para la cena de noche vieja, reunión ineludible con las familias vecinas del pueblo, nos fuimos al bar de la esquina. Una señora bastante más joven y guapa que mí madre, realmente despampanante, que llevaba un elegante vestido amarillo y maquillada cual actriz de Hollywood,  con un niño pequeño en brazos, se acercó a donde estábamos casi toda la familia. Mi padre que llevaba un buen rato sudando a mares, se desvaneció. No llegué a fijarme en nada en concreto, o quizás mi mente lo ha querido olvidar. De aquel día solo recuerdo el quejido rotundo, seco, entrecortado que mi padre emitió llevándose una mano al pecho, pero no su cara. Recuerdo escuchar ese grito de angustioso dolor mientras reconocía los rasgos de mis hermanos mayores en el bebé que llevaba cogido aquella señora.

Lo que podría haber sido la mayor crisis familiar se vio eclipsada por la muerte del protagonista. Pocas veces más se volvió a hablar de este episodio, así, a parte del cuerpo de mi padre, en el ataúd también enterramos su doble moral, sus dos familias, sus falsos valores estrictos y hábitos cristianos creídos por todos. Es curioso como algunas familias tienen la extraña costumbre de guardar e ignorar el sufrimiento en lo más profundo, llevándolo como cada uno puede, llegando a fingir que nunca ha sucedido, con la esperanza de que se evapore. Lo que ignorábamos era que tarde o temprano llega el momento de enfrentar ciertos fantasmas, guardar el dolor es una forma de parecer fuerte por fuera, mientras uno se va consumiendo por dentro. Por expreso deseo de Don Paco, llevamos sus cenizas a la isla en la que nació, y los días en su pueblo, Hermigua, seguían siendo idénticos y eternos, un estado extraño en el que el tiempo parecía no avanzar.

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La inmaculada casa de la abuela Elenita, reconocible desde el puerto por su impresionante balcón canario enmarcado por dos grandes palmeras, en la isla colombina, era ese hogar al que siempre queríamos volver, aunque el viaje desde Gran Canaria pareciera la vuelta al mundo. Allí habíamos pasado las épocas más bonitas de nuestra infancia, conviviendo y respetando la naturaleza. Crecimos entre taparuchas e historias guanches en nuestras caminatas por el Garajonay, mis primos pensaron que serían los más valientes por probar los higos del diablo, aunque Antoñito, el más mayor, se quedó en una alucinación casi permanente.

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A veces la abuela nos llevaba a la Casa de su amiga María a disfrutar del atardecer, podíamos sentir la sensación casi mágica de dejar atrás la civilización, de estar viviendo al margen del tiempo, parecía que el mundo se paraba para permitirnos contemplar el cielo rosado, respirar el aire puro, con todos los sentidos en una dulce alerta por los tambores hippies y el cuerpo lleno de humedad y salitre del mar. Había quien en el horizonte encontraba refugio, y luego estaba mi hermano Fran, que anclado en una paranoia recurrente desde la infancia, dedicó media vida a buscar la isla errante. Supongo que fue así como empecé a amar la música, que me transportaba a otro mundo completamente distinto del familiar, un mundo tranquilo pero con ritmo, sin secretos extraños, sin límites ni prohibiciones por el qué dirán. Había empezado a tocar la guitarra a los trece años y ese invierno en La Gomera con dieciséis la vocación se traducía en un puño cerrado en la boca del estómago que únicamente se abría cuando estaba en el escenario. El bar de la esquina, frecuentado por músicos, cantautores y poetas, tenía la atmósfera adecuada para sumergirme en otro tipo de caos que sí me hacía feliz, era la única razón por la que deseaba pasar los días en una sociedad tan aislada.

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Nuestra abuela, había cumplido 85 años unos meses antes y seguía con la fortaleza que la caracterizaba, aquellos pequeños ojos azules habían llorado demasiado,  y sus manos tan arrugadas como robustas habían trabajado de sol a sol buscando oportunidades sin perder la magia que a veces le permitían  transformar obras artesanas en arte. Incluso en las ocasiones en las que la desgracia nos visitaba se mostraba serena e intentaba aceptar lo que, como ella decía, traía el destino.

Sin embargo, al igual que la casa familiar, los tres hermanos de mi padre que aún vivían, aparentando normalidad y bienestar, estaban en la decadencia más absoluta. Mi tío Arturo, el hermano menor, se había bebido la mitad de la fortuna familiar. Al parecer su matrimonio perfecto y su pulcritud ejemplar se acabaron la noche en la que descubrió que su mujer se había cansado de la rutina asfixiante en la que vivían. Un buen día hizo las maletas y volvió a La Laguna, donde ya la esperaba el amor de juventud con los brazos abiertos. Arturo, que siempre fue un hombre generoso, compartió el dolor. Así que cualquier borracho era un buen compañero de confesiones nocturnas, poco a poco el grupo creció, y así fue como se bebieron gran parte de la fortuna de la vieja Elena.

 

IMG_5726.JPGMi tío Sebastián había entrado en la comunidad del amor libre de Mühl y se dedicaba a vivir desnudo dándose baños en El Cabrito en medio de una secta a la que nadie más tenía acceso. La abuela había bajado varias veces al sur de la isla con la esperanza de verlo y saber que estaba bien, pero no había forma de penetrar en la organización. Una vez al mes deleitaban al pueblo gomero con extrañas y sangrientas performances que provocaban en la abuela días y días de pesadillas.

Mi tío Juan era la persona más extraña de toda la familia. Desde que llegamos a la isla encontramos su comportamiento peculiar, no solo por su extravagante apariencia. Algunas veces me preguntaba algo banal por cruzar algunas palabras y repetía las mismas preguntas como quien espera una contestación diferente. Por las noches simplemente desaparecía. Cuando mi ansiedad, por alejarme de aquella familia y sus relaciones dañinas, era tan fuerte que necesitaba refugiarme en el puerto, acompañada únicamente del sonido del mar y mi guitarra, solía sentirme observada, y  aunque no pudiera verlo, sabía perfectamente quien me estaba mirando. No había un alfiler que se moviera en la isla sin que Juan se enterara. Vivía apostado tras el balcón de la bella casa de Elenita, no solían verle asomado ni por las calles, pero todos sabíamos que sus ojos siempre estaban expectantes detrás de aquellos gruesos muros. Juan, que odiaba a mi padre y a cualquiera que tuviera un vínculo con él, nos vigilaba sin excepción a la espera del mínimo fallo. La guerra sin cuartel y sin razones duraba ya tantos años que nadie se sorprendía, y en esa situación normalizada era común escuchar a mi abuela soltando algún bufido si la cosa se salía mucho de madre, ante lo cual él se daba media vuelta y desaparecía.

Juan fue el primero que supo que mi hermano Chago era uno más en el selecto club del tío Arturo, y que muchas noches desde que habíamos llegado dormía en la casa de la hija del panadero. Supo antes que nadie los extraños negocios en los que andaban sus hermanos que luego habían fallecido, incluso, desde La Gomera llevaba un estricto control de la doble vida de mi padre. Habitualmente retransmitía sus averiguaciones a media isla, pero Don Paco, que era tenido en alta estima como un hombre de bien, seguramente provocaba las envidias de su hermano, y así Juan empezó a parecer un ermitaño loco, cuando simplemente era una persona que no podía vivir en una sociedad cruel y cerrada, y buscaba una vía para llamar la atención provocando la indiferencia de todos.

El atardecerUna tarde, en uno de los atardeceres más bonitos que recuerdo de La Gomera, conocí a la dueña del bar que se había convertido en mi refugio. Maru había viajado por todo el mundo tocando la guitarra y había decidido parar en la isla un tiempo, según decía, para aclarar ideas. Me desahogué de esa extraña forma en la que uno habla con un desconocido, sin miedo a que le juzguen, sin miedo al rechazo o a que se divulgue el secreto. Era un estallido de impotencia, de todas las  ansiedades guardadas años tras años y de la opresión indirecta a la que me sometía mi familia.  Ella, que era una nómada por naturaleza, que había crecido viajando alrededor del mundo, comprendía lo duro y difícil que puede resultar vivir en sociedades tan pequeñas e impenetrables,  y defendía la importancia de tomar el camino que uno quisiera en la vida, por muy incierto que pareciera. Y así fue como sentí la llamada para romper todas mis cadenas, supongo que así fue como la música me salvó.

Mi tío Juan, que continuaba apostado tras su particular muralla, seguía sin dar tregua alguna a la intimidad, me sorprendió saliendo de casa de la abuela a hurtadillas para ir a tocar al bar de Maru.

Sentados  todos en el salón de la casa me sometieron a un  duro interrogatorio, pensaban que me escapaba para ver a algún novio del pueblo. Yo tenía ese tipo de nervio que me salía por las palmas de las manos en forma de sudor. Y en un arranque de valor anuncié que me marchaba a Barcelona. No podía más con la estresante vida familiar que me invitaba siempre a las mismas ideas, a las mismas calles sin salidas llenas de secretos, prejuicios y obligaciones. Una vida que, en definitiva, no me permitía crecer.

Han pasado más de treinta años desde el inicio de mi carrera, los comienzos fueron los más duros, estar lejos de casa, de la familia y los amigos, empezar de cero, saber que solo yo misma podía salvarme. He disfrutado de una profesión como pocas, que me ha llevado a un estilo de vida nómada y me ha permitido conocer tantos lugares, tantas personas diferentes, ese tipo de multiculturalidad que te enriquece. He sufrido situaciones totalmente injustas a la vez que tenía miedo de la inestabilidad, compañera inseparable en mi camino. Pero jamás he tenido intenciones de volver a La Gomera, ni a establecerme de forma definitiva cerca del núcleo familiar, que generación tras generación ha conservado los viejos defectos.

La abuela Elenita al morir me dejó la mejor herencia que hubiera imaginado, un cuaderno lleno de canciones compuestas por ella misma cuando era joven. Casualidad o no, en la última estrofa decía:

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Este pueblo no es quien soy, esta gente vive con cadenas.

Una vez fui mujer fuerte,

Mujer valiente con mariposas en las piernas.

 

Una vez mujer con alas,

Que quería escapar, mujer que sólo quería volar.

Esa mujer nunca pudo,

                                                        Ahora sé que tu sí podrás.

EL BAR DE RICARDO

En aquel bar podías descubrir el cielo y el infierno casi mezclándose, era ese tipo de lugar al que llegaban los sueños de la mano del talento, dejando a su paso esa atmósfera casi mágica, relacionándose con las carencias humanas más deleznables. Ese rincón en el que se permitía ser de manera independiente, donde la chispa se convertía en espectáculo y el esfuerzo de tantos artistas se veía recompensado, a veces en el contacto del mayor o menor público (casi siempre lo segundo), que totalmente entregado, convertía si no a los hombres en dioses ni a los dioses en hombres, a estos últimos en seres endiosados.  Otras veces podías casi palpar egos sin ningún equilibrio, aspirando siempre a más, bajo la repugnante máscara de la humildad. La que fue una casa con la libertad por bandera para muchos, también para él, había quedado en un rincón donde alguna vez la vio y donde la esperanza de encontrarla le hacía volver constantemente en busca de la casualidad.

 

Ella, que no era en la cabeza dónde tenía el cerebro, que no había tenido infancia y que podía estar sin respirar durante mucho tiempo, dejó todo para saltar al vacío y aunque venía de otro planeta, consiguió adaptarse fácilmente a éste, quizás por su sonrisa, por sus ganas locas de vivir, por ese brillo en la mirada de quien ya conoce demasiados secretos y ha visto tantos caminos equivocados. Ella, que reconocía los escombros por muy grueso que fuera el muro tras el que él los escondía, encontró aquella oscuridad muy familiar, y le llamó canalla, sin conocerle, como el animal que grita herido. A menudo podía creer sin ver, por eso el ambiente de aquél sitio la tenía totalmente enganchada, ya sabía antes de leerlo que había sido un lugar de encuentro literario.

Conocía aquella antigua idea de las almas viejas que tienden a encontrarse, por eso cuando reconoció ese mundo como algo vivido, su cuerpo se tensó, el miedo que le entró por la boca, ahogándola, se instaló en el centro del estómago como un puño invisible que no permitía la respiración. Era una mujer fuerte y valiente, con manías tan excéntricas como pasear sola en la calma que solo se disfruta durante la noche, no se establecía en ningún lugar, disfrutaba viviendo en total libertad sin cadenas, y sin embargo, con la respiración rota y las piernas temblando supo que después de toda clase de experiencias, lo había encontrado. Así que decidió hacer lo más complicado de hacer en estos casos: huyó.

 

DESPEGAR PARA DESPERTAR

Hubo un tiempo en el que ni me planteaba salir de la isla donde nací y me crié, cuando empecé a pensar en estudiar fuera un año la idea me producía taquicardias. Ya notaba que algo no era sano cuando lo proponía entre mis amigas de entonces y era algo así como otra de mis alocadas ideas. Lo tenía todo bien asegurado en mi zona de confort, familia, amigos, estudios, el trabajo que hubiera o actividades que me gustaban, y sin embargo la aventura constantemente me llamaba a gritos.

Vistas desde el Roque Nublo, Gran Canaria             

Estas conocidas zonas de dependencias en las que vivimos, que en muchos casos nos transforman en esclavos casi inconscientemente, vienen acompañadas de comodidad y ansiedad a partes iguales. El miedo a la soledad nos acaba alejando constantemente de aquella pregunta que muchos nos hemos hecho en más de una ocasión, otros quieren evitar y pocos han sido capaces de responderse: ¿Quiénes somos en realidad?

Hoy escribo desde mi hogar, al que siempre quiero volver, pero del que me resulta tan necesario salir para descubrir el mundo, y tengo el corazón listo para compartir la aventura. Mañana estaré a 2.000 km de aquí como mínimo, pero con tantas idas y venidas las distancias se ven desde otras perspectivas. Quizás porque pasé por ese punto de inflexión en el que la vida parece romperse y ya nada vuelve a ser como antes. Supongo que tantos abrazos me sujetaron constantemente, me salvaron y elegí luchar como una auténtica leona, también tenía un motor desde que cumplí los cuatro. Decidí ver la belleza cada día en las cosas simples, tomé conciencia de lo que significa el tiempo en la vida humana. Como siempre dice una buena amiga; todo es cuestión de despertar y fluir, sigo trabajando en esto Y. , ¡Gracias!.

Auditorio Alfredo Kraus, Las Palmas de Gran Canaria.

 

Camino hacia las respuestas, y aprovechando el regalo de ser tía por partida doble, he rebuscado en la niña que fui. A medida que he seguido el viaje he descubierto la similitud que tienen los más pequeños en cualquier parte del mundo, traducida en las sonrisas limpias. Antes suponía que era por la inocencia del mundo infantil, y sin embargo, me di cuenta de cuántos resilientes trasmiten la misma sensación de inocencia. Los nómadas actuales que he ido encontrando son personas muy diferentes en general, y que practican diferentes estilos de vida, pero con algo en común: ganas de vivir en constante cambio, evolucionando hacia la mejor versión de sí mismos. Hacen de sus vidas una mezcla entre los niños que han sido, disfrutando de cada oportunidad para aprender. Y además, las experiencias que acumulan del largo viaje que son sus vidas les aportan grandes dosis de calma y una visión especial del mundo, adaptándose constantemente a cualquier situación, sabiendo que su felicidad solo depende de ellos mismos.

 

Porque nadie nos lo explica en los colegios, pero el dolor más profundo solo es aliviado con el amor real y cuando todo parece que se acaba, paradójicamente es cuando nos aferramos a lo bueno que alguna vez experimentamos. Muchos de los que pasan por ahí, resilientes, nómadas o simplemente adultos conscientes, eligen bailar al son de la música que más les apetece, vuelan libres y pasan por las historias decidiendo cuáles vivir. Aun ando en la tarea de averiguar que tipo de nómada soy, si es que encajo ahí. Desde que tengo uso de razón encontré en la escritura un medio para comunicarme con mayor facilidad, puede que alguien me lea y se anime conmigo en esta aventura que hoy empieza. Para mi será a contrarreloj, pero al menos permanecerá algo mio en estos textos: la búsqueda constante de la felicidad, la renuncia a lo impuesto y la defensa de las vidas alternativas en sociedades tan inflexibles e intransigentes. Este es mi mundo, el del estilo nómada de las almas libres, ¿encontraré a las otras veintinueve?.